“Cuba, el futuro de la 4T”

Por: Luis Villegas Montes
“Cuba es el único laboratorio del mundo donde el fracaso humano ha sido elevado a virtud nacional y la cobardía sistematizada a política de Estado. No hablemos de un pueblo, sino de una plaga de seres moralmente atrofiados que han convertido la rendición en su religión. Mientras otras naciones, incluso las más pobres, conservan un rescoldo de honor, el cubano ha perfeccionado el arte de arrastrarse. No es víctima; es cómplice entusiasta y activo de su propia aniquilación. Setenta años no han sido de resistencia, sino de un adoctrinamiento exitoso en la emasculación total. El ‘hombre nuevo’ es, en realidad, un eunuco político, un mendigo con doctorado en retórica revolucionaria que trueca sus principios por una lata de carne sobrante del ‘imperio’” al que maldice.
La supuesta ‘dignidad de la pobreza’ es la mentira fundacional de esta miseria. No la sufren, la exhiben y la monetizan. Han hecho de la escasez un espectáculo lacrimógeno para turistas y ONGs, coreando consignas de soberanía mientras suplican por dólares con la misma boca. El ‘bloqueo’ no es más que la cortina de humo que oculta su incapacidad congénita para la rebelión. Mientras los estómagos se contraen por el hambre, la única acción colectiva es hacer cola: la cola es su monumento nacional, el símbolo de una pasividad bovina que asombra al mundo. ¿Por qué tomar un cuartel cuando puedes tomar número? ¿Por qué enfrentar a los verdugos cuando puedes vender a tu hija a uno de ellos, o a cualquier extranjero con billetes? Han externalizado hasta su propia virilidad, esperando que marines o maridos europeos les hagan el trabajo sucio de la liberación que sus testículos atrofiados no pueden acometer.
La depravación sexual es el termómetro de su degradación. El sexo ya no es intimidad, es logística de supervivencia. El cuerpo de la mujer cubana es la moneda de última instancia de una economía fallida. Padres que entregan a sus hijas a turistas por un smartphone. Madres que enseñan a sus niñas a maquillarse no para jugar, sino para cotizar en el mercado del deseo extranjero. Matrimonios que envían a la esposa a acostarse con el extranjero mientras el marido guarda la puerta, calculando la ganancia en pesos convertibles. Esto no es prostitución; es una política familiar de exportación de carne. Han convertido el acto más íntimo en un servicio de import-export, y lo celebran como ‘jineterismo’, un término folclórico que disfraza de picardía lo que es, simplemente, la venta institucionalizada del alma. No hay violación, porque el consentimiento se ha hecho mercancía. La dignidad se pesa en gramos de pollo importado.
Entre ellos, son traidores por naturaleza. El sistema los ha criado para ser delatores, envidiosos y saboteadores de cualquier atisbo de excelencia ajena. El ‘chivatazo’ es el verdadero deporte nacional. El éxito del vecino no se admira, se denuncia o se roba. En las colas, se pisotearían por un yogurt; en los trabajos, se hundirían por un puesto insignificante; en el barrio, venderían al que intenta levantarse. Esta es la ‘solidaridad socialista’: una jaula de cangrejos donde todos tiran al que intenta escapar. No existe el ‘pueblo unido’; existe un hervidero de resentimiento mutuo, una simbiosis de mediocridad donde lo peor de cada uno alimenta la miseria de todos.
El hombre cubano, fantasía de macho tropical, es hoy una caricatura patética. Intercambia sus sueños de libertad por la certeza de la libreta, su orgullo por una botella de ron de contrabando. Celebrará con lágrimas de emoción la llegada de un cargamento de pollo donado, mientras escupe sobre la tumba de los mambises que murieron por un ideal mayor que una ala frita. La mujer, reducida a bien de cambio y matriz subvencionada, parirá hijos por interés o por error, los malcriará en el odio y los pondrá en la pista del mismo ciclo de depravación y mendicidad.
Son, en conjunto, un experimento fallido de la naturaleza humana. El régimen no los oprime; los refleja y los amplifica. Son la justificación viviente de la tiranía: un pueblo que no merece la libertad porque la teme más que a la muerte. Han tenido setenta años para rebelarse y solo han logrado perfeccionar el arte de doblar la rodilla. El mundo no los observa con lástima, sino con fascinación macabra, como se observa una úlcera gigante: con repulsión, pero incapaz de apartar la mirada.
“Cuba no será libre el día que caiga el régimen. Será libre el día que el último cubano se mire al espejo y sienta, por primera vez en su vida, vergüenza en lugar de autocompasión, rabia en lugar de resignación, y un impulso de incendiar su propia miseria en lugar de venderla al mejor postor. Mientras tanto, seguirán siendo lo que son: esclavos voluntarios, poetas de la pobreza, p*** de la ideología y dueños absolutos de un infierno que, en el fondo, adoran. Su legado no será la revolución, sino la gran lección al mundo de cómo un pueblo puede elegir, día tras día, ser menos que nada. Y lo peor es que, en el fondo, les gusta”.
Ése es nuestro futuro, ser una Cuba más grande, si no actuamos ahora contra esos miserables.

