CDMX. La historia de la Colección Gelman, uno de los acervos privados más relevantes del arte mexicano del siglo XX, está atravesada por episodios de discreción, conflictos y una presunta traición que involucró a Mario Moreno Cantinflas, antes de que las obras terminaran bajo el control de una de las familias más poderosas de México, de acuerdo con una reconstrucción publicada por El País México.
El núcleo de esta colección se formó a partir de la relación cercana entre el empresario y coleccionista Jacques Gelman y el actor Cantinflas, quienes compartían vínculos personales y profesionales. Gelman, de origen ruso y nacionalizado mexicano, amasó una fortuna en la industria cinematográfica y destinó parte de sus recursos a adquirir obras clave de artistas como Diego Rivera, Frida Kahlo, Rufino Tamayo y David Alfaro Siqueiros.
Según el recuento histórico, Cantinflas habría facilitado a Gelman el acceso privilegiado a artistas y a piezas fundamentales del arte mexicano, bajo la idea de que las obras serían compartidas o eventualmente devueltas. Sin embargo, tras la muerte del actor, la colección permaneció en manos de Gelman, lo que dio pie a versiones sobre una posible traición y a tensiones que nunca se resolvieron públicamente.
Con el paso del tiempo, la Colección Gelman creció de manera significativa y se consolidó como uno de los acervos privados más valiosos del país. Tras la muerte de Jacques Gelman, la colección quedó bajo la custodia de su esposa, Natasha Zahalka Gelman, quien continuó ampliándola y manteniéndola fuera del acceso público durante décadas.
El destino de la colección cambió cuando, tras la muerte de Natasha, las obras pasaron a manos de la familia Azcárraga, uno de los clanes empresariales más influyentes de México. Este traspaso marcó un nuevo capítulo en la historia del acervo, ya que permitió que parte de las obras comenzaran a exhibirse en museos nacionales e internacionales.
La Colección Gelman ha sido exhibida en importantes recintos culturales y ha contribuido a consolidar una narrativa específica del arte moderno mexicano, centrada en figuras icónicas y en una visión curada desde el poder económico. Al mismo tiempo, su historia ha sido objeto de debate entre especialistas, quienes cuestionan tanto su origen como la forma en que se construyó su legitimidad cultural.
El recorrido de la colección refleja no solo el valor artístico de las obras que la integran, sino también las dinámicas de poder, influencia y apropiación que han marcado el mercado del arte en México. De una relación personal con Cantinflas a su incorporación al patrimonio simbólico de una élite empresarial, la Colección Gelman permanece como un ejemplo de cómo el arte puede ser también un campo de disputa silenciosa.
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