1a de dos partes

Luis Villegas Montes.

Por hoy —sólo por hoy—, vamos a dejar en paz al Poder Judicial local y mentecato que preside el Tribunal de Disciplina y que hasta ahorita no ha comentado nada de lo que sí importa (en vez de selfies idiotas), como podría ser el caso de Israel Hernández Domínguez que involucra a uno de los flamantes magistrados penales en la fronteriza Ciudad Juárez, en donde se le facilitó ilegalmente un vehículo automotor que sufrió un serio accidente: otro caso para los magistrados muertos de hambre cuyo sueldazo no les alcanza para pagar un Uber o pagarse su propia gasolina. A ese asunto volveremos luego.

Por lo pronto, para descansar del hedor de seguir hurgando entre la basura y aunque sea por un rato, ocupémonos de un asunto de gran actualidad: el libro Ni venganza ni perdón.[1] ¿Ya lo leyó? ¿No? Pues léalo. Resulta fundamental.

¿Por qué? Porque si usted es de los escépticos que continúa defendiendo a capa y espada a la 4T, es un libro que los desenmascara porque está escrito por uno de los hombres que, en su oportunidad, fue de los más importantes para el régimen.

Hijo de uno de los grandes del periodismo mexicano, Julio Scherer García, Scherer Ibarra se sumó pronto a las filas lopezobradoristas; y luego de algunas actividades territoriales, fue designado como Consejero Jurídico de AMLO, posición a la que renunció el 2 de septiembre de 2021 por una serie de problemas relacionados con una red de tráfico de influencias y negocios “bajo el amparo de la ley” desvelados y denunciados ante el presidente por la exsecretaria de gobernación Olga Sánchez Cordero y el fiscal general Alejandro Gertz Manero.

La respuesta del hombre del que AMLO dijo que era como su hermano, fue escribir un libro en donde los encuera: lo primero que dice de él es que le encanta hacerse la víctima “a Andrés Manuel nunca le importó la parte jurídica: estaba dispuesto a ir a la cárcel y victimizarse. Andrés siempre ha sido una víctima y siempre se ha comportado como tal, es parte de su forma de ser”;[2] llama también la atención que diga de AMLO que le “ganaba la ideología”;[3] y que cada vez que tomaba decisiones sin la influencia de la “supuesta izquierda” —que lo cercaba—, la decisión era “acertada, correcta, alejada de la corrupción y de las malas prácticas”.[4]

Por cierto, ¿qué decir de la corrupción? Sólo por vía de ejemplo consideramos un caso que admite sin sonrojos: es el de los ventiladores que vendió el hijo de Bartlett; dice que eso generó un problema serio porque la Secretaría de la Función Pública había tomado la decisión de que se indagara y se consignara una investigación que le atribuyera responsabilidades al hijo de Bartlett, pero “el presidente siempre trataba de atemperar, siempre trataba de que no hubiera problemas entre los secretarios, entre los directores de las empresas. Y entonces, en este caso particular, la secretaria de la Función Pública se empeñó en seguir la investigación; el presidente hubo un momento en el que se desesperó y entonces vino la salida abrupta de Irma”.[5] ¿No que ya se acabó la corrupción? ¿No que AMLO no fue un solapador?

Empero, para hablar de corrupción en serio, pensemos en Sergio Carmona; de éste, dice el libro: “es una herida abierta para Morena, y las conexiones entre dinero sucio, campañas políticas y altos funcionariosdibujan un expediente letal. La historia no ha concluido; al contrario: el descubrimiento de la red de corrupción encabezada por dos altos mandos de la Marina es la continuación de esta historia y de la influencia de estos personajes”.[6]

Continuará…

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Luis Villegas Montes.

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