Por: Luis Villegas Montes

El funcionario contemporáneo no gobierna; administra gestos, hace guiños; y emite comunicados e informes que no transmiten gran cosa; están hechos por idiotas para idiotas. Textos (o gestos) diseñados para no decir nada, para no dejar huella, para que nadie —absolutamente nadie— pueda reclamarles una postura.

Antes, el poder mentía. Mentía mal, a veces con excesiva torpeza, pero mentía: hoy miente y para colmo se maquilla de clown. Se expresa con frases, o mejor: produce imágenes (fotos y selfies para retardados) lavadas, neutras, desodorizadas. El político moderno no afirma ni niega; sugiere, no se compromete, acompaña; no enfrenta, contextualiza; y por ningún motivo, confronta; es, más que un producto político, uno estético.

El nuevo funcionario no es cínico —eso exigiría inteligencia—, es prudente hasta la cobardía. Opina sin opinar, condena sin señalar, se solidariza sin involucrarse. Usa el plural mayestático como escudo: “estamos”, “se analiza”, “se valora”. Un plural fantasmal donde nadie responde y cualquiera se esconde.

La neutralidad es su mayor “virtud” y casi siempre se emplea como coartada. Resulta útil para no pagar costos, para no incomodar al superior, para no cerrar puertas futuras. Es la ética del comodín: quedar bien con todos para no quedar mal con nadie. El problema es que, en política y en justicia, no elegir ya es elegir.

El farsante institucional no grita, ni insulta, ni se equivoca en público; es impecable, pulcro, aparentemente inofensivo; y precisamente por eso es peligroso: porque mientras posa, otros deciden y se ensucian las manos con su complacencia hipócrita. Mientras alguien atropella, abusa o roba, él puede decir que no estaba ahí (son fantopolíticos).

Antes había ideología, ahora hay asesores de imagen; antes había errores que se pagaban caro, ahora hay aplausos y sonrisas que se intercambian unos a otros para tapar sus inmundicias (son gatopolíticos); antes, se afrontaban los hechos, ahora hay operadores de crisis; y antes, había adversarios y enemigos, ahora hay “actores políticos”.

La política se ha sustituido por frases y sonrisas intercambiables, diseñadas para sobrevivir al ciclo de noticias por la tarde o el Face diario, no para resistir el juicio de la historia.

El farsante institucional cree que el silencio es inteligencia y la ambigüedad, estrategia; irremediablemente confunde cautela con dignidad y cree que no mancharse es gobernar; no entiende —o finge no entender (es un patopolítico)— que el cargo no es un refugio, es una exposición constante y que la función pública no es un escenario para posar, sino un lugar incómodo donde hay que decidir aunque duela.

Y no, no es que no sepan de qué lado están, es que les aterra que se note, para poderse cambiar de camiseta cuando se necesite o cambiar de bando a conveniencia (son chapupolíticos).

Porque definirse implica perder aplausos, romper con equilibrios, asumir consecuencias, y el farsante vive de no tener que asumir consecuencias; su sueño húmedo es pasar por todos los cargos sin que nadie recuerde una sola decisión suya que pueda decirse que afectó a alguien.

El problema es que cuando el poder se vuelve invisible, la responsabilidad desaparece; y cuando nadie responde, la impunidad se instala con naturalidad burocrática.

Así gobiernan muchos hoy: con silencios elegantes, comunicados huecos y selfies idiotas que dan cuenta de una brutal intrascendencia; es decir, con una valentía perfectamente ausente.

¿Y sabe qué? No es prudencia ni madurez, es simplemente miedo.

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